30 julio 2008

Un equilibrio entre opuestos


Siempre me ha encantado el concepto japonés de dualidad, representado por el Yin y el Yang. Esta filosofía comprende todas las cosas como una mezcla de dos opuestos, de manera que se necesitan mutuamente pues se dan existencia el uno al otro. No hay luz sin sombras, no hay noche sin día. Una forma bonita de ver las cosas, pero que se vuelve todavía más interesante cuando nos damos cuenta de que los valores absolutos no existen. No existe el bien absoluto en una persona, ni existe el mal absoluto. Tal y como representa la figura, no hay elementos negros o blancos, sino que todo son distintas totalidades grises que además están en contínuo cambio.
Porque ese es el último detalle interesante de la filosofía que me gustaría comentar: El movimiento. Parece ser que todo está en movimiento, y todo se transforma de Yin a Yang y viceversa. El mediodía pasa a ser medianoche, siendo el ocaso un "gris" intermedio que refleja el movimiento. Así mismo, nosotros mismos podemos compensar nuestro Yin y Yang según la situación. Podemos forzar esos movimientos, de forma que encontraremos un equilibrio que nos perfeccione. ¿Y cómo podríamos hacer eso? Pues más sencillo de lo que parece... ¿Estás deprimido? (Exceso de Yin) Pues nada como una buena comedia en el cine con unos amigos, y la risa (Yang) equilibrará la balanza. ¿Qué estás tremendamente cabreado con un amigo? (Exceso de Yang) Pues nada como tomarte una tila, hacer algo de ejercicio y una buena ducha para que te relajes (Yin). Menuda chorrada, pensaréis que eso ya lo sabíais. Pero la gracia es verse como una mezcla de dos fuerzas opuestas que están en contínuo cambio, y gozar con el movimiento. Los cambios son divertidos, lo estático siempre ha sido aburrido.

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